Al reflexionar sobre qué escribir para el boletín, una serie de ideas me llenaron la mente. Hay mucho qué hablar cuando se trata del catolicismo. La verdad es que cualquier intelectual serio tiembla ante la idea de discutir nuestra fe; hay una seriedad que abruma su espíritu. En fin, escribir sobre la Iglesia Católica no es simplemente delinear enseñanzas o prácticas morales anticuadas. No es suficiente informar datos y hechos. Como católicos, somos parte de una historia sembrada de prestigio y generosidad, drama y aventura, prueba y gloria. Nuestros antecesores incluyen a la gente más realizada y altruista en la historia del mundo. Ninguna otra institución ha hecho más por el enriquecimiento cultural, intelectual y social de la civilización que la Iglesia Católica. Somos filósofos y teólogos, constructores y fundadores, artistas y músicos, científicos y médicos, reyes y presidentes, abogados y maestros, misioneros de la justicia y heraldos de la paz. El genio católico abarca toda la aspiración del esfuerzo humano. Sin embargo, todo su éxito no se encuentra en una hazaña ambiciosa o una conquista extenuante, sino más bien en los corazones simples de hombres y mujeres que buscaron amar a su Dios y su creación con el mismo amor que habían recibido. “Amaos los unos a los otros como yo les he amado” (Juan 13,34); esta es la esencia máxima de progreso. Dentro de estas palabras de Cristo, encontramos la lógica de una civilización holística que defiende la dignidad de la persona humana y al mismo tiempo manifiesta el paradigma necesario para una autorrealización autentica.

La Iglesia Católica es el latido del corazón del mundo. Ella es la voz redimida de la humanidad clamando por su Creador en medio del mundo. Aunque su origen es divina, ella existe en el mundo para el mundo y para entregarse al mundo. Un autor cristiano de la antigüedad nos lo recuerda en una carta que data del siglo 4 dC:

Los cristianos son indistinguibles de otros hombres ya sea por nacionalidad, idioma o costumbres. No habitan ciudades propias aparte, no hablan un dialecto extraño, ni siguen una forma de vida extraña. Su enseñanza no se basa en ensueños inspirados por la curiosidad de los hombres. A diferencia de otros, no defienden ninguna doctrina puramente humana. Con respecto a la vestimenta, la comida y la forma de vida en general, siguen las costumbres de la ciudad en que viven… Y sin embargo, hay algo extraordinario en sus vidas. Viven en sus propios países como si solo estuvieran pasando. Desempeñan su papel como ciudadanos, pero trabajan bajo todas las discapacidades de los extranjeros. Cualquier país puede ser su patria, pero para ellos su patria, donde sea, es un país extranjero… Hablando en términos generales, podemos decir que el cristiano es para el mundo lo que el alma es para el cuerpo. Así como el alma está presente en cada parte del cuerpo, aunque permaneciendo distinta de ella, los cristianos se encuentran en todas las ciudades del mundo, pero no pueden identificarse con el mundo… Tal es la función elevada y divinamente designada del cristiano, por la cual no se le permite excusarse.

La Iglesia es dada a nosotros; ella es un don que está al tope de todo concepto y aspiración de la persona humana, convocando a toda nuestra especie al pináculo de su capacidad. Además, dentro del depósito de su alma se encuentra el sagrado tesoro de una verdad que todos los pueblos anhelan escuchar: hay un Dios y Él te ama. Este Dios no está lejos; Él no es un amigo imaginario en las nubes. Él es un Dios vivo, un Dios que ha entrado en la historia y se ha dado al mundo “de una vez por todas” (Romanos 6,10 y 1 Pedro 3,18). Esta entrega de sí mismo se ha preservado dinámicamente como una acción viva dentro de la liturgia de la Iglesia, específicamente la celebración de la Santa Misa en la que la pobreza del pan y el vino se convierte en la gloria del Crucificado-Resucitado.

En las próximas semanas y meses, escribiré reflexiones que buscan dar a conocer, aumentar e inculcar una apreciación más profunda de la religión católica en nuestros corazones. Escribo sabiendo que mis palabras se unirán a una larga lista de intentos fallidos en transmitir la belleza de la Iglesia a lo largo de estos dos mil años. Pero, “el amor de Cristo me empeña a escribir” (2 Corintios 5,14) y así lo haré, con la esperanza de que de alguna manera, mis palabras, en su deficiencia puedan ayudar a compartir el esplendor de nuestra fe.

Secundum Verbum Tuum,

Fr. Blake Britton