Décimo Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario

“Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón.”  La humildad es una lección dura de aprender.  A veces viene en forma de un sentimiento de sumisión o de impotencia.  Otras veces viene en forma de humillación o burla.  Nos avergüenza cómo nos ven los demás.  ¿Nos mirarán o nos tratarán de manera diferente?  Pensamos que lo sabemos todo y no lo sabemos.  Creíamos con todo nuestro corazón y convicción que teníamos razón, para sólo descubrir que estábamos errados.  Pensamos que estábamos haciendo algo bueno, pero fue a expensas de otros.  Hemos trabajado tan duro en ese proyecto sólo para descubrir que a nadie le importa o que no era necesario o no era lo que se pedía.  Que humillante.  Que vergonzoso.  Que tonto te debiste ver.  Ahora eres considerado débil, sabelotodo, un fracaso. ¿Piensas que Dios te ve de ese modo?  Dios te mira y ve a su hijo.  Cuando somos débiles, Dios nos hace fuertes.  Cuando estamos errados, él gentilmente nos corrige.  Cuando estamos decaídos, él nos levanta.  Cuanto somos humillados, nos conforta.  Cuando estamos perdidos, nos encuentra.  Cuando somos sumisos e impotentes, él perfecciona su amor en nosotros.  Amo la invitación de Jesús a que aprendamos a de él.  ¿Qué podemos aprender de Jesús?  A ser manso y humilde de corazón.  Jesús quien es Dios, Señor y Rey, lo entrega todo al Padre.  Él lo entrega todo por ti y por mí.  Él abandona sus opiniones, su deseo de tener razón, su preocupación de cómo le ven los demás, sus sentimientos de cómo es tratado, o que se piensa de él.  Nada afecta su relación con el Padre.  Él no deja que la soberbia se interponga en su camino.  Si queremos llegar al corazón del Padre entonces debemos aprender de Jesús.  Aprender a humillarnos y a pedir perdón cuando herimos a los demás, admitir que estábamos equivocados, dar la otra mejilla, contener nuestra boca y ofrecer una bendición en su lugar.  Necesitamos aprender mansedumbre y entender y aceptar nuestras culpas, nuestras fallas, nuestros defectos, nuestras inhabilidades.  Necesitamos aprender el amor de Dios.  Jesús nos enseñó cómo orar. Oremos: Jesús manso y humilde de corazón, has mi corazón semejante al tuyo.  Padre Iván

Fourteenth Sunday in Ordinary Time

“Take my yoke upon you and learn from me, for I am meek and humble of heart.” Humility is a tough lesson to learn. At times, it comes in the form of feeling submissive or powerless. Other times, it comes in the form of humiliation or mockery. We are embarrassed at how others may view us. Will they look at us or treat us differently?  We think we know it all, and we don’t. We believed with all our heart and conviction that we were right, only to find out we were wrong. We thought that we were doing something good, but it was at the expense of others. We worked so hard on that project only to find out that no one cares or it wasn’t needed or it wasn’t what was asked for. How humiliating. How embarrassing. How foolish you must have looked. Now you are considered weak, a know it all, a failure. Do you think God looks at you that way? God looks at you and sees his child.  When we are weak, God makes us strong. When we are wrong, he gently corrects us. When we are down, he lifts us up. When we are humiliated, he comforts us. When we are lost, he finds us. When we are submissive and powerless, he perfects his love in us. I love Jesus’ invitation to learn from him. What can we learn from Jesus? To be meek and humble of heart. Jesus who is God, Lord and King surrenders it all to the Father. He surrenders it all for you and me. He abandons his opinions, his desire to be right, his concern of how others view him, his feelings of how he is treated, or what they think of him. Nothing affects his relationship with the Father. He does not let pride get in his way.  If we want to get to the Father’s heart then we need to learn from Jesus. Learn to humble ourselves and ask forgiveness when we hurt others, to admit we were wrong, to turn the other cheek, to restrain our mouths and offer a blessing instead. We need to learn meekness and realize and accept our faults, our failures, our shortcomings, our inabilities. We need to learn the love of God. Jesus taught us how to pray. Let us then pray: Jesus meek and humble of heart, make my heart like unto thine.

Thirteenth Sunday in Ordinary Time

We apologize for the poor internet connection this morning at the 10 AM Facebook Live Mass. Please click above to hear the audio from today’s homily. 

Thirteenth Sunday in Ordinary TimeToday’s Readings: http://www.usccb.org/bible/readings/062820.cfmOnline Offertory: https://stmaryrockledge.org/giving/Bulletin: https://stmaryrockledge.org/bulletin/

Posted by St Mary Catholic Church on Sunday, June 28, 2020

Décimo Tercer Domingo del Tiempo Ordinario

Jesús dijo a sus apóstoles: “el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.”  Nuestra vida es frecuentemente descrita y comparada con una jornada.  ¿Pero hacia dónde vas?  ¿Te has preparado para el viaje?  ¿Cuál es tu destino final?  ¿Hacia dónde te dirige el camino que estás siguiendo?  ¿Te traerá vida o te traerá destrucción?  Parece  que el camino que nos dirige a una puerta, que al entrar en la puerta obtendremos gracia, paz y felicidad eterna – la recompensa y consolación de nuestros viajes y buenas obras.  El otro camino es ancho y muy viajado. Conducirá a muchos, si no son corregidos a la puerta del terrible lugar de oscuridad perpetua y constante desolación.  Nuestro destino final depende de quién estamos siguiendo y cómo estamos viviendo nuestra vida terrenal.  Nuestro Señor nos invita a considerar la opción que se nos ha planteado y entender la consecuencia inalterable de nuestra decisión.  El comparte con nosotros sus pensamientos en este asunto, el deseo más íntimo de su corazón, su preferencia por cada uno de nosotros, su esperanza en nuestra decisión.  Dios desea que escojamos la vida, que lo escojamos a él.  Puedes escucharle decir en tu corazón, “por favor te ruego escógeme a mí.”  Jesús nos recuerda el camino hacia el Padre, el camino que dirige al cielo, la jornada que nos trae paz.  Él dice tú conoces el camino.  Pero nuestros corazones como Tomás dicen, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?  Jesús nos invita a mirar profundamente en nuestros corazones y descubrir la verdad – a considerar el Camino, a negarte a ti mismo, a tomar tu cruz y seguirlo en el camino menos viajado; el camino a la paz eterna.  Debemos vivir esta vida como Cristo lo hizo siendo fieles al padre; obedientes a su voluntad, anhelando el cielo, atentos a su voz, cuidando su pueblo, rezando a su corazón.  Debemos caminar hacia Dios, hacia Jerusalén, hacia casa.  Debemos evadir las tentaciones en el camino, amar a aquellos que nos odian, orar por los que nos persiguen, perdonar a quienes nos hieren.  Debemos morir con Cristo.  Debemos resucitar con Cristo porque él realmente es “el camino, la verdad y la vida.”  Padre Iván

Thirteenth Sunday in Ordinary Time

Jesus said to his apostles: “whoever does not take up his cross and follow after me is not worthy of me.” Our life is often described and compared to that of a journey. But where are you going? Have you prepared for the trip? What is your final destination? Where is the road that you are following leading you? Will it bring you life or will it bring you destruction? It seems that one road will lead us to a gate that upon entering the gate we will obtain grace, peace and eternal happiness – the reward and consolation of our travels and good deeds. The other road is wide and well-traveled. It will lead many if not corrected to the gate of that terrible place of perpetual darkness and constant desolation. Our final destination depends on who we are following and how we are living our earthly life. Our Lord invites us to consider the choice that has been set before us and to understand the unalterable consequence of our decision. He shares with us his thoughts on the matter, the innermost desire of his heart, his preference for each of us, his hope in our decision. God wishes us to choose life, to choose him. Can you hear him saying to your heart, “please I beg you choose me.” Jesus reminds us of the path to the Father, the road that leads to heaven, the journey that brings us peace. He says you know the way. But our hearts like Thomas say we don’t know where you are going, how can we know the way? Jesus invites us to look deep within our hearts and discover the truth – to consider the Way, to deny yourself, to take up your cross and to follow him on the road less traveled; the road to eternal peace. We must live this life as Christ did by being faithful to the Father, obedient to his will, longing for heaven, attentive to his voice, caring for his people, praying to his heart. We must walk towards God, towards Jerusalem, towards home. We must avoid the temptations along the way, love those who hate us, pray for those who persecute us, forgive those who hurt us. We must die with Christ. We must rise with Christ for he truly is “the way and the truth and the life.”

Décimo Segundo Domingo del Tiempo Ordinario

Jesús dijo a sus apóstoles: “No teman a los hombres.”  El miedo es una cosa terrible – ¿no?  Paraliza nuestro crecimiento en la confianza de Dios. El crecimiento en la promesa y esperanza que nos ha hecho amados hijos de Dios.  Nos aleja de la verdadera felicidad que Dios desea compartir con nosotros.  Nos separa del amor y de la paz del reino de Dios.  Los efectos del miedo no son en modo alguno agradables.  Sin embargo, permitimos conscientemente que el miedo interrumpa nuestras vidas y nos quite nuestra paz interior.  El miedo causa que nuestras mentes corran constantemente con ansiedad – siempre turbadas – siempre preocupadas, siempre anticipando una respuesta o resultado que a menudo no llega a pasar; que puede que nunca llegue a ser.  Sin embargo, nos mantiene petrificados; prisioneros en nuestras mentes – esclavos de la ansiedad, el miedo, la preocupación.  El miedo nos pone de adentro hacia afuera.  Nos pone mareados, fríos, ansiosos.  Nos impide ser realmente felices.  No puedo imaginar a nadie que quiera sentirse tan indefenso, tan vulnerable, tan dependiente, tan necesitado.  ¿Quién desea sentirse así?  Bueno, en los ojos de Dios – yo quiero.  El Santo Temor es ese miedo que nos preserva de estar separados de Dios; de su Santa Presencia.  Nos preserva de estar separados del gozo y de la paz y de la luz de salvación.  Este temor es bueno para nosotros. Santo Temor es buen temor que nos preserva de pecar.  Nos anima a seguir los mandamientos; de adoptar las bienaventuranzas.  El tipo de temor que nos hace ser agradecidos, bondadosos, misericordiosos.  El temor nos inspira a decir, “lo siento”, “eres bienvenido”, “te perdono”.  Ese buen temor que nos anima a ir a Misa, a celebrar los sacramentos, a rezar seguido y con profunda devoción y verdadera reverencia.  Ese tipo de temor que nos pone de rodillas porque sabemos lo mucho que somos amados y que no hay nada más que temer excepto estar separados de Dios por toda la eternidad.  Cuan seguido escuchamos a Jesús decir a sus discípulos, “No tengan miedo” y nos dice, “No pierdan la paz.  Si creen en Dios, crean también en mí.”  ¿Entonces qué es lo que tememos si Dios está con nosotros y nosotros estamos con él?  Se indefenso, se vulnerable, se dependiente, se necesitado a los ojos de Dios porque está escrito, “Dichosos los que temen al Señor”  Padre Iván