Twenty-eighth Sunday in Ordinary Time

“She, from her poverty, has contributed all she had, her whole livelihood.” The word “behold” signifies an action whereby one draws all their energy, all their attention, to see, really see without distortion or distraction that which our undivided attention has been requested to gaze upon without judgment, without comment, without rush. Jesus asks us to behold his mother, to “behold, your mother.” What do you see when you set your gaze upon Mary? Do you, “behold, your mother” or do you only see the mother of Jesus? To behold Mary, is to have a personal, intimate relationship with her – that is, to understand that Mary is truly the Mother of Jesus and our beloved mother, the Mother of God. We must realize, accept and rejoice in the fact that we are beloved sons and daughters of God, our Father  and beloved sons and daughters of Mary, our mother. Jesus loves his mother. He loves her with a great and perfect affection and Mary loves her son with her whole undivided heart, with her whole undivided body, with her whole undivided mind, with her whole undivided soul. Mary loves Jesus in her lowliness and in her joyfulness, in her poverty and in her holiness, with all her heart and with all her strength. She loves Jesus with her entire being. It is a mother’s perfect love for her God and for her child. Jesus loves Mary as he loves us. That is to the point of death, death on a cross. Jesus’ concern at the foot of the Cross is that his Mother would be loved and looked after in his absence as he returns to the right hand of the Father. Jesus wants you to behold, your mother, Mary. Will you spend sometime in prayer with her this week at the foot of the Cross to comfort her in her great sorrow? Imagine how Mary feels at the foot of the Cross – to see her poor child, innocent of the crimes he was accused of, rejected for believing in God, mocked with unspeakable blasphemies, beaten to  the point of being unrecognizable, murdered by   excruciating pain and torture, then dying on a cross. Mary could use some comfort. Mary could use your undivided attention, a commitment to prayer and your loving presence. It would bring great consolation to our Mother Mary. It would bring great comfort to our Beloved Savior. Know that when Mary is asked to behold her child, she draws all her attention to us, she draws all the attention of her Son to us. Mary loves us. We are her beloved children. So behold, your mother for she has already set her gaze upon you.

Vigésimo Octavo Domingo del Tiempo Ordinario

“Pero ésta, en su pobreza ha echado todo lo que tenía para vivir.” La frase “Este es” significa una acción donde uno atrae toda su energía, toda su atención, para ver, realmente ver sin distorsión o distracción lo que se ha requerido mirar a nuestra atención indivisible sin juicio, sin comentarios, sin prisas. Jesús nos pide que contemplemos a su madre: “ahí está tu madre”. ¿Qué ves cuando posas tu mirada en María? ¿Contemplas a tu Madre o solamente ves a la madre de Jesús? El mirar a María, es tener una relación con ella – es decir, entender que María verdaderamente es la Madre de Jesús y nuestra amada madre, la Madre de Dios. Nosotros debemos darnos cuenta, aceptar y regocijarnos en el hecho que somos amados hijos e hijas de Dios, nuestro Padre y amados hijos e hijas de María, nuestra madre. Jesús ama a su madre. Él la ama con un gran y perfecto afecto y María ama a su hijo con todo su corazón indivisible, con todo su cuerpo indivisible, con toda su mente indivisible, con toda su alma indivisible. María ama a Jesús en su humildad y en su alegría, y en su pobreza y en su santidad, con todo su corazón y con toda su fuerza. Ella ama a Jesús con todo su ser. Es un perfecto amor de madre por su Dios y por su hijo. Jesús ama a María como él nos ama. Eso es hasta el punto de muerte, muerte en cruz. La preocupación de Jesús al pie de la Cruz es que su Madre sería amada y atendida en su ausencia mientras él regresa a la derecha del Padre. Jesús quiere que tú mires a su madre, María. ¿Pasarás tiempo en oración con ella esta semana al pie de la Cruz para consolarla en su gran dolor? Imagina como María se siente al pie de la Cruz – para ver su pobre hijo, inocente de los crímenes de los que se le acusaba, rechazado por creer en Dios, ridiculizado con blasfemias indecibles, golpeado al punto de estar irreconocible, asesinado por una muerte con dolor y tortura inescrutables, luego muriendo en una cruz. María podría necesitar algo de consuelo. María podría necesitar tu atención indivisible, un compromiso de oración y tu amorosa presencia. Esto sería un gran consuelo para nuestra Madre María. Sería un gran consuelo a nuestro Amado Salvador. Entiende que cuando se le pide a María que contemple a su hijo, ella atrae toda la atención de su Hijo hacia nosotros. María nos ama. Somos sus amados hijos. Entonces, contempla a tu madre puesto que ella ya ha posado su mirada en ti. Padre Iván.

Twenty-seventh Sunday in Ordinary Time

When you have done all you have been commanded, say, “We are unprofitable servants; we have done what we were obliged to do.” A command tends to come down to us from a person who is in charge, responsible or in control. And although it may be informative, instructional or even necessary, the fact that it comes from a higher up, superior or   manager who may have the right to do so, it still feels authoritative in nature and we just don’t like to be told what to do. So often, a command although helpful, is rarely welcomed or appreciated. We just don’t like to be looked down upon, or commanded to do anything. Well, how about if God was  the one who was commanding us? Doesn’t he have the right to tell us what to do? Weren’t we made, fashioned and created in his image and likeness? Aren’t we his beloved, obedient children who are dependent on him for everything? Didn’t he save us by the Blood of the Cross and ransom us from Sin and Satan and Slavery? Doesn’t God have the right and the authority and the wisdom, power and glory to tell us what we can and cannot do, what we should or should not do? I love God’s commands. He simply commands us to love. To love him with our whole being, our entire interiority, our complete and total self. That’s not a bad thing. It’s an amazing, incredible, gracious gift from God. It’s the best thing ever. He simply is asking us to be who we are, who we are created to be, who we are meant to be. Love of God and love of each other. What a blessing and beautiful command. To be free, to be loved, to be you. Other people command us to be who they want us to be, to do what they command us to do. It’s mostly for them although it may benefit us. God’s commands are always for us, they always benefit us. The Commandments are made to keep us with God, to assure us of his peace, to keep us in his good graces and keep us in his Holy Presence. That is the best and greatest good. If God’s command or commandments seem harsh or a burden or impossible to fulfill then you need to really exam the thing that is opposing your true happiness, or the person keeping you from the greatest good or the reason you are choosing something that is temporary over someone who is eternal. Can that person save you? Can that thing give you life eternal? Could you ever really be truly happy without God in your life and his commandment of love?

Vigésimo Séptimo Domingo del Tiempo Ordinario

Cuando hayan cumplido todo lo que se les mandó, digan: “No somos más que siervos, sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer”. Un mandamiento tiende a venir de una persona que está a cargo, responsable o en control. Y aunque puede ser informativo, instructivo o incluso necesario, el hecho es que viene desde más arriba, de un superior, de un gerente que puede tener el derecho de hacerlo, como quiera se siente autoritario en su naturaleza y simplemente no nos gusta que nos digan que hacer. A menudo un mandamiento aunque útil, rara vez es bienvenido o apreciado. Simplemente no nos gusta que nos desprecien o nos manden a hacer nada. Bueno, ¿qué tal si Dios fuera quien nos mandara? ¿No tiene derecho de decirnos qué hacer? ¿No fuimos hechos, formados y creados a su imagen y semejanza? ¿No somos sus hijos amados, obedientes, que son dependientes de él para todo? ¿No hemos sido salvados por la Sangre en la Cruz y rescatados del pecado, Satanás y la Esclavitud? ¿No tiene Dios el derecho y la autoridad  y la sabiduría, el poder y la gloria para decirnos       qué podemos y qué no podemos hacer? Amo los mandamientos de Dios. Él simplemente nos manda a amar. Amarlo con todo nuestro ser, toda nuestra interioridad, nuestro ser completo y total. Eso no es algo malo. Es un regalo maravilloso, increíble, clemente de Dios. Es lo mejor de lo mejor. Él simplemente nos pide que seamos quienes somos, que seamos tal como para lo que fuimos creados, quienes debemos ser. Amar a Dios y amarnos los unos a los otros. Qué bendición y qué hermoso mandamiento. Ser libre, ser amado, ser tú. Otra gente nos manda a ser quienes ellos quieren que seamos, a hacer lo que ellos nos mandan que hagamos. Es principalmente para ellos aunque puede que nos beneficie. Los mandamientos de Dios son siempre para nosotros, siempre nos benefician. Los Mandamientos están hechos para mantenernos con Dios, para asegurarnos su paz, para mantenernos en sus buenas gracias y mantenernos en su Santa Presencia. Ese es el mejor bien y el más grande. Si el mandamiento o los mandamientos de Dios parecen duros o una carga o imposibles de cumplir, entonces debes examinar realmente ese algo que se opone a tu verdadera felicidad, o la persona que te mantiene alejado del mayor bien o la razón por la que eliges algo que es temporal por encima de alguien que es eterno. ¿Puede salvarte esa persona? ¿Puede este algo darte la vida eterna? ¿Podrías ser realmente feliz sin Dios y sus mandamientos de amor en tu vida? Padre Iván

Vigésimo Sexto Domingo del Tiempo Ordinario

“Bien saben lo generoso que ha sido nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico, se hizo pobre por ustedes, para que ustedes se hicieran ricos con su pobreza.” Oh Amadísimo Padre, ¿por qué estamos tan ciegos ante la belleza de tu rostro, a los Ángeles adorando a tu Amado Hijo en la Eucaristía, a ver a Jesús en los heridos, en los que sufren, en los abandonados, en los no nacidos? Oh Misericordiosísimo Padre, ¿por qué estamos tan sordos a la dulzura de tu voz, a los Coros de Ángeles cantándote himnos de alabanza, a los Santos en oración, al susurro del latido te tu corazón, al alma de nuestra Madre María alegrándose, al clamor de los pobres, de los enfermos, de los heridos, de los vulnerables o de los que lloran solos? Oh Clementísimo Padre, ¿por qué hemos permitido que nuestros corazones se conviertan en fortalezas cementadas resguardadas por el frío y cubiertas en oscuridad como en un desierto estéril carente de vida y sol, haciéndonos incapaces de sentir las suaves caricias de tus besos, haciéndonos insensibles a la tibieza de tu amor, haciéndonos ajenos a tu Santa Presencia sin saber que tú estás aquí? Por favor, mi Señor, nunca te canses de otorgarnos tu infinito amor y divina misericordia, tu asombrosa gracia y tu bondad inquebrantable, tu compasión interminable y el don de tu perdón y tu paz. Somos realmente deplorables por decirlo de forma suave; ignorantes de tus dones, indignos de tu amor. Sin embargo tu continúas dando. Tu nunca te cansas de amarnos. Tu nunca paras de derramar tu misericordia sobre nosotros. Somos tan pobres que no podemos ver nuestra propia belleza creados a tu imagen y semejanza. Estamos tan tristes que ya no podemos oír todas las veces en un día que tú nos dices que nos amas. Estamos tan perdidos, que nuestros corazones se han ido tan lejos de ti, mi Señor, que eres la fuente de la bondad en nuestro interior, que eres todo bueno y merecedor de todo nuestro amor, que ya no podemos sentir la inocencia, lo sagrado, la santidad dentro de nosotros. No creemos que puedes amarnos tanto, hemos abandonado toda esperanza, hemos entregado nuestros corazones a lo que es pecaminoso, profano, inefable. Que nuestro Amoroso Dios nos ayude a darnos cuenta que sin él no podemos existir. Que somos nada más que un insignificante pedacito de polvo, un ruidoso suvenir, una cosa sin luz. Pero con él, tenemos todo lo que esperamos, todo lo que necesitamos, todo lo que deseamos. Solo Dios es realmente suficiente. Escúchame, Señor, y compadécete; Señor, ven en mi ayuda. Convertiste mi duelo en alegría, te alabaré por eso eternamente.” Padre Iván

Twenty-sixth Sunday in Ordinary Time

“For you know the gracious act of our Lord Jesus Christ, that though he was rich, for your sake he became poor, so that by his poverty you might become rich.” O Most Beloved Father, why are we so blind to the beauty of your face, to the Angels adoring your Beloved Son in the Eucharist, to seeing Jesus in the wounded, the suffering, the neglected, the unborn? O Most Merciful Father, why are we so deaf to the sweetness of your voice, to Angel Choirs singing you hymns of praise, to the Saints in prayer, to the whisper of your heart beat, to our Mother Mary’s soul rejoicing, to the cry of the poor, the sick, the hurting, the vulnerable or those who weep alone? O Most Gracious Father, why have we permitted    our hearts to become cemented  fortresses guarded by coldness and covered in darkness like a barren desert void of life and sunlight making us unable to feel the gentle caresses of your kisses, making us numb to the warmth of your love, making us oblivious to your Holy Presence unaware that you are even here? Please my Lord, never weary of bestowing on us your infinite love and divine mercy, your amazing grace and unwavering kindness, your endless compassion and the gift of your pardon and peace. We are truly pitiful to say the least; ignorant of your gifts, unworthy of your love. Yet you still continue to give. You never tire of loving us. You never stop pouring out your mercy on us. We are so poor that we cannot see our own beauty created in your image and likeness.  We are so sad that we can no longer hear all the times in a day you tell us you love us. We are so lost, our hearts have strayed so far away from you my Lord, who are the source of the goodness inside of us, who are all good and deserving of all our love, that we can no longer feel the innocence, the sacred, the holiness inside of us. We don’t believe you can love us this much, we have abandoned all hope, we have given our hearts to what is sinful, profane, unspeakable. May our Loving God help us to realize that with out him we cannot exist. We are nothing but an insignificant bit of dust, a noisy party favor, a thing void of light. But with him, we have everything we hope for, all we need, all to be desired. God alone is truly enough. “Hear, O Lord, and have pity on me; O Lord, be my helper. You changed my mourning into dancing; O Lord, my God, forever will I give you thanks.”

Vigésimo Quinto Domingo del Tiempo Ordinario

“Job tomó la palabra y dijo: Mis días corren más aprisa que una lanzadera y se consumen sin esperanza. Recuerda, Señor, que mi vida es un soplo. Mis ojos no volverán a ver la dicha.” Sin esperanza, nuestra vida se vuelve insoportable, se cubre de oscuridad, nos drena y parece que no nos importa demasiado. Cuando perdemos la esperanza, perdemos la energía, perdemos el entusiasmo, perdemos el deseo de continuar, de seguir adelante, de correr la carrera – perdemos el deseo de ir a la distancia – entonces la vida se vuelve en una carga, en una verdadera lucha – la vida se vuelve imposible. Cuando perdemos la esperanza parecemos perderlo todo. Sin esperanza, somos incapaces de percibir hacia dónde vamos, somos incapaces de ver el camino delante de nosotros, somos incapaces de saber qué dirección tomar, somos incapaces de ver la luz al final del túnel. Cuando perdemos la esperanza, tendemos a darnos por vencidos, para nosotros es más fácil ceder. Estamos debilitados y somos tan propensos a la desesperación. Sin esperanza, nos embaucamos a nosotros mismos, creemos que no podemos seguir, nos engañamos y también engañamos a los demás que la vida no vale la pena, por qué siquiera molestarse, por qué si quiera tratar, de qué sirve, cuál es el punto, nunca va a mejorar, nunca va a cambiar, Dios nunca me escucha, a él no le importa. Sin esperanza, nos sentimos solos, abandonados, sin amor. Sin esperanza, nos sentimos sin apoyo, incomprendidos, que nadie se compadece de nosotros, que Dios se ha olvidado de nosotros – sentimos que él está demasiado ocupado o que simplemente no le importa. Sin esperanza, creemos que somos demasiado débiles para continuar, que no podemos hacerlo, que somos incapaces de hacerlo. Cuando perdemos la esperanza, perdemos el interés, dejamos de orar, dejamos de creer, no queremos seguir adelante – sentimos que la vida no vale la pena vivirla. Sin esperanza, todo se vuelve inútil, cada sentimiento nos deprime, cada situación es imposible, cada momento está lleno de desesperación, cada oportunidad se vuelve en una imposibilidad, cada día está lleno de oscuridad, cada conversación es insoportable, cada pensamiento está lleno de dolor, cada persona pierde su valor, cada momento es un desperdicio de tiempo, cada lágrima está llena de infelicidad, todo es inútil. Les ruego, por favor nunca se rindan, nunca pierdan la esperanza, sigan orando – Dios está realmente escuchando. Nunca se olviden cuanto les ama – ustedes son preciosos a sus ojos. En momentos de desesperación, en esos momentos de tentación, contemplen la Cruz, tómenla firmemente y sepan que Cristo está ahí sufriendo con ustedes. A él realmente le importa. Padre Iván

Twenty-fifth Sunday in Ordinary Time

“Job spoke, saying: My days are swifter than a weaver’s shuttle; they come to an end without hope. Remember that my life is like the wind; I shall not see happiness again.” Without hope, our life becomes unbearable, it becomes covered in darkness, it becomes weary and we don’t seem to care much. When we lose hope, we lose energy, we lose enthusiasm, we lose the desire to press on, to go forth, to run the race – we lose the desire to go the distance – then life becomes a burden, a real struggle – life becomes impossible. When we lose hope we seem to lose everything. Without hope, we are unable to perceive where we are going, we are unable to see the road ahead of us, we are unable to know which direction to take, we are unable to see the light at the end of the tunnel. When we lose hope, we tend to give up, it’s easier for us to give in. We are weaken and so easily prone to despair. Without hope, we deceive ourselves, we believe we can’t go on, we fool ourselves and we also fool others that life isn’t worth it, why even bother, why even try, what’s the use, what’s the point, it’s never going to get better, it’s never going to change, God never hears me, he doesn’t care. Without hope, we feel alone, abandoned, unloved. Without hope, we feel unsupported, misunderstood, no one sympathizes with us, God has forgotten us – we feel he is too busy or simply he just doesn’t care. Without hope, we believe we are to weak to continue, we can’t make it, we are unable to do so. When we lose hope, we lose interest, we stop praying, we stop believing, we don’t want to keep going – we feel life isn’t worth living. Without hope, everything becomes hopeless, every feeling depresses us, every situation is undoable, every moment is  full of despair, every opportunity becomes an impossibility, everyday is full of darkness, every conversation is unbearable, every thought is   full of sorrow, every person becomes worthless, every moment is a waste of time, every tear is full of unhappiness, everything is hopeless. I beg you, please never give up, never lose hope, keep praying – God is truly listening. Never forget how much he loves you – you are precious in   his eyes. In moments of despair, in those dark moments of temptation, gaze upon the Cross, hold it tight and know that Christ is right there suffering with you. He really cares.

Vigésimo Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario

“…antes fui blasfemo y perseguí a la Iglesia con violencia; pero Dios tuvo misericordia de mí, porque en mi incredulidad obré por ignorancia.” A menudo me preguntan mis familiares y amigos, ¿qué te pasó? Yo sonrío sin ofenderme por la pregunta. Es verdad. Soy diferente. He cambiado. Hay algo que es tan radicalmente cambiado en mí. No soy la persona que ellos conocen o que recuerdan que soy. En realidad, finalmente soy yo mismo. La persona que fui llamado y creado a ser. En el fondo, entiendo el origen de la pregunta y que es lo que se me pide. Mi familia y amigos y tal vez otras personas en general quieren saber qué fue lo que me pasó. Quieren saber cuándo y cómo vine a conocer el amor de Dios. Cuándo supe que Dios me estaba llamando. Cómo escuché y reconocí la voz de Dios. Cómo llegué a amar y a confiar en Dios. En mi respuesta, comparto que he llegado a conocer y a amar a Dios personal e íntimamente desde el tiempo en que entendí mejor su profundo amor y su divina e infinita misericordia. Ese no siempre fue el caso. Es el fruto y la gracia que nace de lo que considero es mi primera confesión buena, honesta, abierta, verás, sin retener el oprobio, los secretos, mentiras o vergüenza. Todo fue derramado, entregado y compartido. Hasta ese punto de mi vida, nunca había sabido o experimentado cuán profundo era el amor de Dios para toda la humanidad. Nunca entendí la magnitud de la misericordia de Dios. Es interminable, insondable, muy paciente, rico en misericordia, incondicionalmente amoroso y siempre perdonador. Verdaderamente creo que Dios me ha perdonado. Dios me reconcilió consigo mismo. Dios verdaderamente me ha perdonado. He sido tratado misericordiosamente. Dios me a ayudado a recibir su perdón. Dios me ha permitido perdonar a otros. Dios me ha ayudado a perdonarme a mí mismo y ahora estoy completamente libre para ser amado por Dios y para amar a Dios, a mi familia, a mis amigos y a todos lo demás.Yo no entendía verdaderamente a Dios, su amor o su misericordia. Yo no conocía verdaderamente a Dios porque mi amor era egoísta, interesado, condicionado y no contrito. Mi vida de oración era siempre la misma. Yo solamente iba y hablaba con Dios cuando lo necesitaba o quería algo o la idea de un cierto resultado me preocupaba o temía la posibilidad de un fracaso, vergüenza o dolor. Mi amor y mi oración no venían del corazón. Pero he sido tan misericordiosamente tratado. Dios me ha dado una segunda, tercera y cuarta oportunidad. Por y a través de la misericordia. He sido amado y perdonado y ahora no quiero volver a pecar otra vez. Padre Iván 

Twenty-fourth Sunday in Ordinary Time

“I was once a blasphemer and a persecutor and arrogant, but I have been mercifully treated because I acted out of ignorance in my unbelief.”  I am often asked by family and friends, “what happened to you?” I smile and take no offense at the question. It’s true. I am different. I have changed. There is something so radically different about me. I am not the person they know or remember me to be. Actually, I am finally myself. The person I was called and created to be.  Deep down inside, I understand the origin of the question and what is being asked of me. My family and friends and perhaps other people in general want to know what happened to me. They want to know when and how did I come to know the love of God. When did I know that God was calling me. How did I hear and recognize God’s voice. How did I come to love and trust God. In my response, I share that I have come to know and love God personally and intimately since the time that I better understood his profound love and his divine and infinite mercy. It wasn’t always the case. It’s the fruit and grace born from what I consider to be my first good, honest, open, truthful, no holding back shame, secrets, lies, or embarrassment confession. Everything was poured out, surrendered and shared. To that point in my life, I never knew nor experienced how profound God’s love was for me and all humanity. I never understood the magnitude of God’s mercy. It’s endless, unfathomable, ever so patient, rich in kindness, unconditionally loving and forever forgiving. Truly, I believe God has forgiven me. God reconciled me to himself. God has truly forgiven me. I have been mercifully treated. God has helped me to receive his forgiveness. God has helped me to forgive others. God has helped me to forgive myself and now I am truly free to be loved by God and to be loving to God, my family, my friends and everyone else. I did not really understand God, his love or his mercy.  I did not really know God because my love was selfish, self serving, conditional and not contrite. My prayer life was the same. I only went and talked to God when I needed him or wanted something or the thought of a certain outcome concerned me or I was afraid of the possibility of failure, embarrassment, or hurt. My love and prayer did not come from the heart. But I have been so mercifully treated. God has given me a second, third and fourth chance. In and through mercy, I have been loved and forgiven and now I never want to sin again. Fr. Ivan