THE SACRED LITURGY – PART III

What does it mean to sacrifice? For many of us, it means to “give something up” or to do something that we do not like such as “sacrificing” chocolate during the season of Lent. Yet, this is not the proper  definition. The word “sacrifice” comes from two Latin words, sacra (holy) and facere (to make). To “sacrifice”, therefore, literally means “to make something holy.” Last week we mentioned that our role in the world is to join Christ in His sacrifice of praise to the Father. Now, with a correct understanding of the word “sacrifice” we can dive more deeply into the mystery of what this role entails.

The Letter to the Hebrews is the most spiritually rich text in regards to the sacrificial mission of Jesus. It is in this writing that we hear Christ referred to as the “great high priest, who has taken his seat at the right hand of the throne of the Majesty in heaven” becoming “a minister of the sanctuary and of the true tabernacle not built by human hands, but rather by the hand of the Lord” (Heb. 8:1-2). What is this “true tabernacle” of which Christ is the premier minister? It is His own Person. The Resurrected and Ascended Body of the Lord is the true tabernacle. Through His Passion, Death, Resurrection and Ascension, Christ has sacrificed all  of creation within and through Himself. In other words, He has definitively consecrated all things that were once severed by sin bringing them into an active communion with the Father in the life of the Holy Spirit. The streams of blood and water which flowed from the pierced side of Christ on the cross have   baptized and consecrated creation as an ever-lasting testament to the goodness of God. As St. Jerome so beautifully reminds us, “Do we not know that we walk upon an earth that has been warmed by the blood of its Creator?” How often we forget this remarkable fact!

However, this sacrificing activity of Jesus is not a    one-man show. Rather, He incorporates us into this saving action by allowing us to actively participate in it through the Church. And with this we arrive to the heart of the matter. There is no better way to share in the saving activity of Christ then the Eucharist. The Holy Mass is properly referred to as a “sacrifice”. It is not simply a banquet or nice memorial dinner. It is a living sacrifice of the living Christ; a perpetuated “making holy” of the world through the singular act of salvation which He has accomplished from the cross. Beginning next week, we are going to reflect on the different   aspects of the Mass and how they reveal the sacrificial activity of Christ in His Church.

LA SAGRADA LITURGIA – 3° PARTE

¿Qué significa sacrificar? Para muchos de nosotros, sacrificar significa “renunciar a algo” o hacer algo que no nos gusta, como “sacrificar” el chocolate durante la Cuaresma. Sin embargo, esta no es la definición adecuada. La palabra “sacrificio” viene de dos palabras latinas, sacra (santo) y facere (hacer). “Sacrificar”, por lo tanto, significa literalmente, “santificar algo”. La semana pasada mencionamos que nuestro rol en el mundo es unirnos a Cristo en su sacrificio de alabanza al Padre. Ahora, con una correcta comprensión de la palabra “sacrificio” podemos sumergirnos más profundamente en el misterio de lo que este rol implica. 

La Carta a los Hebreos es el texto más rico espiritualmente con respecto a la misión sacrificial de Jesús. Es en esta escritura que escuchamos a Cristo referido como el “gran sumo sacerdote, que se sentó a la derecha del trono de la Majestad en el cielo” convirtiéndose en “un ministro del santuario y del verdadero tabernáculo construido no por manos humanas, sino por la mano del Señor” (Hebreos 8:1-2). ¿Qué es este “verdadero tabernáculo” del que Cristo es el primer ministro? Es Su propia persona. El Cuerpo Resucitado y Ascendido del Señor es el verdadero tabernáculo. A través de Su Pasión, Muerte, Resurrección y Ascensión, Cristo ha sacrificado toda la creación dentro y a través de Sí mismo. En otras palabras, Él ha consagrado definitivamente todas las cosas que una vez fueron rotas por el pecado, llevándolas a una comunión activa con el Padre en la vida del Espíritu Santo. Las corrientes de sangre y agua que fluyeron del costado traspasado de Cristo en la cruz han bautizado y consagrado la creación como un testamento eterno de la bondad de Dios. Como nos recuerda tan bellamente San Jerónimo: “¿No sabemos que caminamos sobre una tierra que ha sido calentada por la sangre de su Creador? ¡Cuántas veces olvidamos este hecho tan extraordinario!

Sin embargo, esta actividad sacrificadora de Jesús no es un espectáculo de un solo hombre. Más bien, Él nos incorpora a esta acción salvífica permitiéndonos participar activamente en ella a través de la Iglesia. Y con esto llegamos al corazón del tema. No hay mejor manera de participar en la actividad salvadora de Cristo que la Eucaristía. La Santa Misa es referida propiamente como un “sacrificio”. No es simplemente un banquete o una bella cena conmemorativa. Es un sacrificio vivo del Cristo vivo; un perpetuado “santificar” del mundo por el acto singular de salvación que Él ha efectuado en la cruz. A partir de la próxima semana, vamos a reflexionar sobre los diferentes aspectos de la Misa y cómo revelan la actividad sacrificial de Cristo en Su Iglesia.

La Sagrada Liturgia – 2° Parte 


Dos semanas atrás dijimos que la sagrada liturgia es esencialmente la comunión constante del Amor Divino que está ocurriendo perpetuamente entre las Personas de la Trinidad. Además, aprendimos que este amor no se encierra en sí mismo, sino que, a través de la persona resucitada y ascendida de Cristo, se ha abierto a toda la creación. Ahora, la propia esencia de la creación es una canción de alabanza al Señor. Como dice bellamente el cántico del libro de Daniel: “Cielos, bendecid al Señor; que la tierra bendiga al Señor; todo lo que crece en la tierra [y] todas las bestias salvajes y mansas, bendecid al Señor” (Dan. 3: 59, 74, 76 y 81).    El sacerdote y poeta del siglo sexto, Venantius Fortunatus, comparte un sentimiento similar en un poema escrito para celebrar el Domingo de Resurrección: “Las estaciones se ruborizan con el buen tiempo florido; la tierra fructífera derrama sus dones con crecimiento variado; el brillo radiante de las flores surge; todas las hierbas sonríen con sus flores. Aquí, el favor del mundo que se revive da testimonio de que todos los dones han regresado junto con su Señor. Aquí, el que fue crucificado reina como Dios sobre todas las cosas, y todas las cosas creadas ofrecen plegaria a su Creador”. En estas pocas líneas, Fortunatus resume la misión clave de la Encarnación de Cristo y del Misterio Pascual: la restauración de toda la creación en comunión con el Padre. Cristo es el nuevo Adán que corrige la falla del viejo Adán. Las malas hierbas del pecado que envolvió el Huerto del Edén son vencidas por las flores de vida que florecen en el Huerto de la Resurrección. Pero, ¿dónde entramos nosotros en esta escena? ¿Cómo la persona humana participa en la creación en este himno universal de alabanza? La respuesta se da bellamente en el prefacio de la Tercera Plegaria Eucarística: “Santo eres en verdad, Padre, y con razón te alaban todas tus criaturas, ya que por Jesucristo, tu hijo, Señor nuestro, con el poder y la fuerza del Espíritu Santo, das vida y santificas todo, y congregas a tu pueblo sin cesar, para que ofrezca en tu honor un sacrificio sin mancha desde donde sale el sol hasta el ocaso”. El rol de la humanidad en el orden de la creación es unirse a Cristo para hacer un sacrificio puro al Padre. El artículo de la próxima semana se concentrará en definir “sacrificio” y cómo participamos en ello con Jesús.  

The Sacred Liturgy – Part II


Last week we spoke about the fact that the sacred liturgy is essentially the constant communion of Divine Love which is taking place perpetually within the Persons of the Trinity. Furthermore, we learned that this love is not self-enclosed but rather, through Christ’s Resurrected and Ascended person, has been opened to the entirety of creation. Now, the very essence of creation is a song of praise to the Lord. As it says so beautifully in the canticle from the Book of Daniel: “You heavens bless the Lord; Let the earth bless the Lord; Everything growing on the earth [and] all beasts wild and tame, bless the Lord!” (Dan. 3:59, 74,76 &81).  The 6th century priest and poet Venantius Fortunatus shares a similar sentiment in a poem written to celebrate Easter Sunday: “The seasons blush with flowery fair weather; the fruitful earth pours forth its gifts with  varied increase; the gleaming brightness of the flowers comes forth; all the herbs smile with their blossoms. Behold, the favor of the reviving world bears witness that all gifts have returned together with its Lord. Behold, He who was crucified reigns as God over all things, and all created objects offer prayer to their Creator!” In these few lines, Fortunatus summarizes the key mission of Christ’s Incarnation and Paschal Mystery: the restoration of all creation into communion with the Father. Christ is the New Adam who rights the failure of the Old Adam. The weeds of sin which engulfed the Garden of Eden are overcome by the blooms of life which flower in the Garden of the Resurrection. But, where do we come into the picture? How does the human person join  creation in this universal anthem of praise? The answer is given to us beautifully in the preface of the Third Eucharistic Prayer: “You are indeed Holy, O Lord, and all you have created rightly gives you praise, for through your Son our Lord Jesus Christ, by the power and working of the Holy Spirit, you give life to all things and make them holy, and you never cease to gather a people to yourself, so that from the rising of the sun to its setting a pure sacrifice may be offered to your name.” Humanity’s role in the order of creation is to join Christ in making a pure sacrifice to the Father. Next week’s article will focus on defining “sacrifice” and how we participate in it with Jesus. 

The Sacred Liturgy

What is the Liturgy? For most, it would be defined merely as the rituals and traditional practices we utilize for the sake of worship. Yet, this definition is too narrow and in fact reduces the liturgy to its lowest common denominator. This is not to say that the rubrics and guidelines of liturgical practice are unimportant or passé. On the contrary, these practices are vital to fostering a real encounter with the living God and thus demand our utmost obedience. Yet, they are not an end unto themselves; they flow from a deeper reality.

We learned that the word liturgy means “an act of the community.” But what community? It cannot simply be the community of humanity. If that was the case, then Christianity would be no different from any other religion. No…the Christian liturgy is not a creation of the human mind. It is sourced in something more. So we must ask ourselves: To what “community” does the Christian liturgy refer?

In the Gospel of John, the Apostle Phillip asks Jesus to “show him the Father.” Jesus’ response is stunning to say the least: “Whoever has seen me has seen the Father” (Jn.14:9). This is a radical assertion, not only because Jesus is claiming to be God, but also because He is claiming that God does not exist alone in His divinity. In these words, Christ is opening the door to the most intimate mystery of God’s heart: the Blessed Trinity.  

At the core of Christian dogma is the belief that there is One God in Three persons: Father, Son and Holy Spirit. God Himself exists as a society of persons, three distinct individuals so completely and lovingly surrendered to one another that they are inseparable in essence. In other words, God exist as a community. The revelation of this divine Community and the incorporation of creation into this Community’s love is the mission of the Incarnation. For this reason Jesus came, to draw all things “both in the heavens and on the earth” into Himself for sake of reconciling them to the Father (cf. 2 Cor.5:18-20, Col. 1:20-21). This reconciliation is accomplished by His Passion, Death, Resurrection and Ascension.  

The definition of the liturgy, therefore, is two-fold. Firstly, it is an act of the Divine Community of God, the eternal exchange of love between the Father, Son and Holy Spirit. Secondly, by merit of the Son’s being both body and soul, the liturgy is creation’s participation in this Trinitarian exchange of love through the sacramental life of the Church. Next week, we will discuss more thoroughly how the sacraments of the Church, especially the Eucharist, open us to participate in the liturgical life of the Trinity.

La Sagrada Liturgia

¿Que es la Liturgia? Para la mayoría, se definiría simplemente como los rituales y las prácticas tradicionales que utilizamos por el bien del culto religioso. Sin embargo, esta definición es demasiado estrecha y, de hecho, reduce la liturgia a su mínimo denominador común. Esto no significa que las rúbricas y  directivas de la práctica litúrgica no sean importantes o estén pasadas de moda. Al contrario, estas prácticas son esenciales para fomentar un verdadero encuentro con el Dios vivo y así exige nuestra obediencia máxima. Sin embargo, no son un fin en sí mismos; fluyen de una realidad más profunda.

Aprendimos que la palabra liturgia significa “un hecho de la comunidad”. ¿Pero, qué comunidad? No puede ser simplemente la comunidad de la humanidad. Si así fuera, entonces el cristianismo no sería diferente de cualquier otra religión. No… la liturgia cristiana no es una creación de la mente humana. Se origina en algo más. Entonces debemos preguntarnos: ¿A qué “comunidad” se refiere la liturgia cristiana?

En el Evangelio de Juan, el apóstol Felipe le pide a Jesús que “le muestre el Padre”. La respuesta de Jesús es asombrosa: “El que me ha visto ha visto al Padre” (Jn.14: 9). Esta es una afirmación radical, no solo porque Jesús afirma ser Dios, sino también porque afirma que Dios no existe solo en Su divinidad. En estas palabras, Cristo está abriendo la puerta al misterio más íntimo del corazón de Dios: la Santísima Trinidad.

En el corazón del dogma cristiano está la creencia de que hay un Dios en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dios mismo existe como una sociedad de personas, tres individuos distintos tan completamente y afectuosamente entregados uno al otro que son inseparables en esencia. En otras palabras, Dios existe como comunidad. La revelación de esta Comunidad divina y la incorporación de la creación al amor de esta Comunidad es la misión de la Encarnación. Por esta razón, Jesús vino, para atraer todas las cosas “tanto en los cielos como en la tierra” a Sí Mismo a fin de reconciliarlas con el Padre (vea 2 Cor 5, 18-20, Col 1, 20-21). Esta reconciliación es lograda por Su Pasión, Muerte, Resurrección y Ascensión.

La definición de la liturgia, por lo tanto, es doble. Primeramente, es un hecho de la Comunidad Divina de Dios, el intercambio eterno de amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. En segundo lugar, por el mérito de que el Hijo es cuerpo y alma, la liturgia es la participación de la creación en este intercambio trinitario de amor a través de la vida sacramental de la Iglesia. La próxima semana, miraremos más a fondo cómo los sacramentos de la Iglesia, especialmente la Eucaristía, nos abren para participar en la vida litúrgica de la Trinidad.

Liturgy of the Hours

By: Kyle McClure, Seminarian

The Church has a long tradition of praying the psalms. In fact it comes from Jesus himself who often prayed and referenced the psalms. The new testament is shaped by the theology and spirituality of the psalms. Theologian Michael Barber comments, “The Psalter is, by far, the Old Testament book quoted most frequently in the New Testament.”[1] If the psalms are so important, how do we pray them as a Church? Outside of the celebration of the Eucharist, the Church’s main way of praying the psalms is in the liturgy of the hours. There are seven hours available to pray each day. The liturgy of the hours are the communal prayers of the Church. The Church joins in to Christ’s prayer to the Father. The letter to the Hebrews describes this life of prayer saying: “During his life on earth, he offered up prayer and entreaty, aloud and in silent tears, to the one who had the power to save him out of death, and he submitted so humbly that his prayer was heard (Hebrews 5:7).” Therefore, the liturgy of the hours sanctifies the day by uniting the moments to Christ’s own life. Moreover, when we pray the liturgy of the hours we are praying several psalms as well as other prayers in scripture. Saint John Paul II talks about these prayers educating us so we don’t remain with a shallow prayer life. The psalms lead us to a more intimate knowledge of Christ. The Fathers were firmly convinced that the Psalms speak of Christ and, therefore, by praying them we gain get to know Christ’s own prayers. Second,we as the Church are striving to pray without ceasing. St. Paul encouraged the early followers to strive to pray always. In order to pray always we must have set times of prayer through out our day to aid us. These set moments of prayer connect the times in between them to God by giving a rhythm which turns us to God. Saint John Paul II says: “Giving their prayer this rhythm, Christians responded to the Lord’s command “to pray always” (cf. Lk 18: 1; 21: 36; 1 Thes 5: 17; Eph 6: 18), but without forgetting that their whole life must, in a certain way, become a prayer.” The early Church developed the liturgy of the hours as a means to pray at all times. They added the Our Father and the Glory be Prayers to adapt the Jewish prayers into the Christian community. The wisdom of the Church can guide our search for deeper prayer.


[1] Scott Hahn, “Introduction,” in Singing in the Reign: The Psalms and the Liturgy of God’s Kingdom (Steubenville, OH: Emmaus Road Publishing, 2001), 11.

La Liturgia de las Horas

Por: Kyle McClure, Seminarista

La Iglesia tiene una larga tradición de rezar los Salmos.  De hecho viene desde el mismo Jesucristo quien a menudo rezaba y hacía referencia de los Salmos.  El nuevo testamento está moldeado por la Teología y la espiritualidad de los Salmos.  El teólogo Michael Barber comenta, “El Salterio es, hasta ahora, el libro del Viejo Testamento citado más frecuentemente en el Nuevo Testamento”.  Si los salmos son tan importantes, ¿Cómo los rezamos como iglesia?  Fuera de las celebraciones de la Eucaristía, la vía principal de rezar los salmos en la iglesia es en la liturgia de las horas.  Hay siete horas disponible para rezar cada día. La liturgia de las horas son las oraciones comunales de la iglesia. La Iglesia se une en la oración de Cristo al Padre. La Carta de los Hebreos describe esta vida de oración diciendo: “Y Cristo en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente (Hebreos 5:7)”.  Por lo tanto, la liturgia de las horas santifica el día a través de unificar los momentos a la propia vida de Cristo.  Además, cuando rezamos la liturgia de las horas estamos rezando varios Salmos así como otras oraciones en las Santas Escrituras. San Juan Pablo II habla acerca de cómo estas oraciones nos educan de manera que no nos quedemos con una vida de oración superficial. Los Salmos nos llevan a un conocimiento más íntimo de Cristo. Los Padres estaban firmemente convencidos que los Salmos hablan de Cristo y, por ende, rezándolos nosotros obtenemos las mismas oraciones de Cristo. Segundo, nosotros como Iglesia nos esforzamos en rezar sin cesar.  San Pablo animaba a los primeros seguidores a estar siempre en oración.  Nosotros debemos establecer un horario a lo largo de nuestros días como ayuda para mantenernos siempre en oración.  En estos momentos de oración es cuando nos conectamos con Dios estableciendo un ritmo que nos acerca a Él.  San Juan Pablo II dice: “Dándole a sus oraciones este ritmo, los Cristianos responden al mandamiento del Señor “de orar siempre (Lc 18: 1; 21: 36: Tes 5: 17: Ef: 6: 18), pero sin olvidarse que sus vidas enteras deben, en cierta manera, volverse una oración”. La iglesia primitiva desarrolló la liturgia de las horas como una forma de orar todo el tiempo.  Así también la iglesia primitiva agregó las oraciones del Padre Nuestro y del Gloria, oraciones judías como manera de adaptarlas dentro de la comunidad cristiana.  La sabiduría de la iglesia puede ayudarnos en nuestra búsqueda para conocer oraciones más profundas.

The Catholic Creed

By: St. Cyril of Jerusalem

In learning and professing the Catholic faith, you must accept and retain only the Church’s present tradition, confirmed as it is by the Scriptures. Although not everyone is able to read the Scriptures, some because they have never learned to read, others because their daily activities keep them from such study, still so that their souls will not be lost through ignorance, we have gathered together the whole of the faith in a few concise articles.
Now I order you to retain this creed for your nourishment throughout life and never to accept any alternative, not even if I myself were to change and say something contrary to what I am now teaching, not even if some angel of contradiction, changed into an angel of light, tried to lead you astray. 
So for the present be content to listen to the simple words of the creed and to memorize them; at some suitable time you can find the proof of each article in the Scriptures. This summary of the faith was not composed at man’s whim; the most important sections were chosen from the whole Scripture to constitute and complete a comprehensive statement of the faith. Just as the mustard seed contains in a small grain many branches, so this brief statement of the faith keeps in its heart, as it were, all the religious truth to be found in Old and New Testament alike. That is why, my brothers, you must consider and preserve the traditions you are now receiving. Inscribe them across your heart. Observe them scrupulously, so that no enemy may rob any of you in an idle and heedless moment; let no heretic deprive you of what has been given to you. Faith is rather like depositing in a bank the money entrusted to you, and God will surely demand an account of what you have deposited. In the words of the Apostle: I charge you before the God who gives life to all things, and before Christ who bore witness under Pontius Pilate in a splendid declaration, to keep unblemished this faith you have received, until the coming of our Lord Jesus Christ. You have now been given life’s great treasure; when he comes the Lord will ask for what he has entrusted to you. At the appointed time he will reveal himself, for he is the blessed and sole Ruler, King of kings, Lord of lords. He alone is immortal, dwelling in unapproachable light. No man has seen or ever can see him. To him be glory, honor and power for ever and ever. Amen.

El Símbolo de la Fe

Por: San Cirilio de Jerusalén

Al aprender y profesar la fe Católica, adhiérete y conserva solamente la que ahora te entrega la Iglesia, la única que las santas Escrituras acreditan y defienden. Como sea que no todos pueden conocer las santas Escrituras, unos porque no saben leer, otros porque sus ocupaciones se lo impiden, para que ninguna alma perezca por ignorancia, hemos resumido, en los pocos versículos del símbolo, el conjunto de los dogmas de la fe. Procura, pues, que esta fe sea para ti como un viático que te sirva toda la vida y, de ahora en adelante, no admitas ninguna otra, aunque fuera yo mismo quien, cambiando de opinión, te dijera lo contrario, o aunque un ángel caído se presentara ante ti disfrazado de ángel de luz y te enseñara otras cosas para inducirte al error. Esta fe que estáis oyendo con palabras sencillas retenedla ahora en la memoria y, en el momento oportuno, comprenderéis, por medio de las santas Escrituras, lo que significa exactamente cada una de sus afirmaciones. Porque tenéis que saber que el símbolo de la fe no lo han compuesto los hombres según su capricho, sino que las afirmaciones que en él se contienen han sido entresacadas del conjunto de las santas Escrituras y resumen toda la doctrina de la fe. Y, a la manera de la semilla de mostaza, que, a pesar de ser un grano tan pequeño, contiene ya en sí la magnitud de sus diversas ramas, así también las pocas palabras del símbolo de la fe resumen y contienen, como en una síntesis, todo lo que nos da a conocer el antiguo y el nuevo Testamento. Velad, pues, hermanos, y conservad cuidadosamente la tradición que ahora recibís y grabadla en el interior de vuestro corazón. Recibir la fe es como poner en el banco el dinero que os hemos entregado; Dios os pedirá cuenta de este depósito. Os recomiendo -como dice el Apóstol-, en presencia de Dios, que da la vida al universo, y de Cristo Jesús, que dio testimonio ante Poncio Pilato con tan noble profesión, que guardéis sin mancha la fe que habéis recibido, hasta el día de la manifestación de Cristo Jesús. Ahora se te hace entrega del tesoro de la vida, pero el Señor, el día de su manifestación, te pedirá cuenta de él, cuando aparezca como el bienaventurado y único Soberano, Rey de los reyes y Señor de los señores, el único poseedor de la inmortalidad, que habita en una luz inaccesible, a quien ningún hombre ha visto ni puede ver. A él la gloria, el honor y el imperio por los siglos de los siglos. Amén.