La Santísima Virgen María – 8° Parte

“Aquí Tienes a Tu Madre”

“Aquí tienes a tu Madre” (Jn 19,27). Juan, el discípulo amado, es dado a María como hijo y María es dada al discípulo amado como madre. ¿Cuál es el significado de esta adopción? Hasta ese momento, el corazón de María había sido aplastado y quebrantado al ver cómo asesinaban a su Hijo. Ahora, la razón detrás de tal aflicción es aclarada. El aplastamiento del corazón de la Madre ha sido para su renovación y expansión; una reformación de su Maternidad para abrazar a todos los hijos de Dios representados en la persona de Juan. Ahora ella, la Inmaculada que accedió sin descanso a la misión de Dios, se convertirá en modelo y patrona de todos aquellos que se esfuerzan por amar a su Hijo. Por fin la vocación de Nuestra Señora es plenamente revelada. Ella no es simplemente la madre biológica de Jesús. Su rol en el cristianismo es mucho más radical. Dados uno al otro como una ofrenda, la Madre y el discípulo deben amarse mutuamente. En la cruz, Cristo deja claro que una relación con su Madre no es una opción para sus discípulos; ella fue esencial para su vida y así lo será para todos los que desean seguirlo. La devoción a María, conocerla y amarla, no es una obscura práctica inventada del catolicismo medieval; es una actitud cristiana elemental. Intrínsecamente ligado al testimonio de la muerte de su Hijo y a la recepción de la voluntad del Padre para con Él en la cruz, está el corazón virginal de María, que proveyó una morada para Dios, y ahora provee una morada para toda la humanidad. En las palabras de Nicolás de Biard, “Cuando ella [María] se detuvo frente a la cruz, fue toda la Iglesia que se detuvo allí en ella”. Ella es nuestra Madre, la Madre de la Iglesia. En estas últimas semanas de reflexión, he intentado profundizar nuestra apreciación del rol de la Santísima Virgen María en la historia de la salvación. Sobre y en contra de la presentación miope y anticristiana de María como nada más que la madre terrena de Jesús, hemos visto, a través de una reflexión profunda y seria de la Sagrada Escritura, que el rol de esta mujer va mucho más allá de dar a luz al Señor (aunque eso por si solo debería ser suficiente para honrarla). La Virgen es una parte integral de la misión de Cristo. Con Sus últimos respiros, Jesús exclama: “Aquí tienes a tu madre”. Estas palabras de Nuestro Señor son suficientes para mí. Contemplaré a tu madre, oh Señor. Contemplaré a esta mujer que te tuvo y te contempló a Ti primero esperando que, por Tu gracia, yo también pueda dignamente llamarla mi madre, María… Madre de Dios. 

The Blessed Virgin Mary- Part VIII

“Behold Your Mother”

“Behold your Mother” (Jn. 19:27). John, the beloved disciple, is given to Mary as a son and Mary is given to the beloved disciple as a mother. What is the significance of this adoption? Up to that moment, the heart of Mary had been crushed and broken as she watched  her Son being murdered. Now, the reason behind such affliction is made plain. The crushing of the Mother’s heart has been for the sake of its renovation and expansion; a re-forging of her Motherhood to embrace the entirety God’s children as represented in the person of John. Now she, the Immaculate One who assented unyieldingly to God’s  mission, will become the model and  patroness of all those who strive to love her Son. At last, the vocation of Our Lady is fully revealed. She is not simply Jesus’ biological mother. Her role in Christianity is much more radical. Given to each other as a gift, the Mother and the disciple must love one another. From the cross, Christ makes clear the fact that a relationship with His Mother is not an option for His disciples; she was essential for His life and so it will be for all of those who desire to follow Him. Devotion to Mary, to know her and to love her, is not some obscure invented practice of Medieval Catholicism; it is a basic Christian attitude. Intrinsically tied to the witnessing of her Son’s death and reception of the  Father’s will for Him on the cross, Mary’s virginal heart which provided a home for God now provides a home for all humanity. In the words of Nicholas of Biard, “When she [Mary] stood before the cross, it was the whole Church who stood there in her.” She is our Mother, the Mother of the Church. In these past weeks of reflections, I have attempted to deepen our appreciation of the Blessed Virgin Mary’s role in salvation history. Over and against the short-sighted and anti-Christian presentation of Mary as being nothing more than Jesus’ earthly mother, we have  seen, through a deep and serious reflection on Sacred Scripture, that the role of this woman goes far beyond giving birth to the Lord (even though that alone should be enough to honor her). Our Lady is an integral part of Christ’s mission. With His final breaths, Jesus cries out: “Behold your mother.” These words from Our Lord are enough for me. I will behold Your mother O Lord. I will behold this woman who first beheld You hoping that, by Your grace, I too may worthily call her my mother, Mary…Mother of God. 

La Santísima Virgen María – 7° Parte

“Mujer, aquí tienes a tu Hijo”

Este último artículo sobre la Santísima Virgen María se dividirá en dos partes, las cuales serán una exposición de la interacción entre Cristo y su Madre en el Calvario. Una de las fallas fundamentales del protestantismo contemporáneo es la reducción de la Madre Santísima y su rol en el proceso de salvación. Algunas denominaciones protestantes la ven como nada más que un recipiente temporal, una especie de placa de Petri divino usado por Dios para auto-cultivar su propia humanidad y así entrar en la esfera física. Sin embargo, la tradición cristiana original (también conocida como catolicismo) siempre ha considerado su significado en su totalidad. De hecho, la Anunciación y la Natividad de Cristo son entendidas como el comienzo de la misión de María. En verdad, la plenitud del rol de María en la historia de la salvación se revela al pie de la cruz. En ese momento, de los labios ensangrentados de nuestro torturado Salvador, oímos una impresionante declaración dirigida a María y a San Juan Apóstol: “¡Mujer, aquí tienes a tu hijo!” (Jn 19,26). Estas no son simplemente las palabras de una adopción temporal o una forma de seguro social de la antigüedad para asegurarse de que María será cuidada en su vejez. Cristo está haciendo un decreto oficial sobre el rol de la Madre Santísima en el cristianismo. Hay dos puntos de interés en este pasaje. Primero, Jesús se dirige a María antes que a Juan. Esto no es una coincidencia. Como todo en la vida de Cristo, esto también es por designio. Se le habla primero a María porque ella es la primera recipiente de la gracia de Cristo crucificado. Ella es la profetizada “Hija de Sión” (Is 62,11, Mic 4,13, Zac 9,9) que recibe la gracia del Dios crucificado indefectible y definitivamente en nombre de Israel y toda la creación. Ella es la creación de Dios por excelencia, incorrupta y por lo tanto capaz de aceptar incondicional y libremente el amor sacrificial de su Hijo. Su “sí” al sacrificio de Cristo es lo que hace posible nuestro “sí”. Porque, si ella no hubiera estado presente en la Crucifixión para testimoniar y aceptar el sacrificio de su Hijo, que es la gracia más definitiva del Padre a la humanidad, entonces ninguna otra persona humana podría participar en el fruto de su salvación. Esto ilumina el segundo punto de este pasaje. Jesús se dirige a María como “Mujer” (Γύναι). El Señor reconoce a la Santísima Virgen en este momento como algo más que su madre biológica; ella es mujer, la mujer que está por encima de todas las demás mujeres. Así como Dios formó a Eva del costado de Adán en el Huerto del Edén llamándola su “mujer” (Gn 2,22), así también ahora, el nuevo Adán mira hacia abajo a la Virgen que será creada de Su costado traspasado, la nueva Eva, llamándola “mujer”(Jn 19,26). De su devoción nace Mater Ecclesia: Madre Iglesia.  

The Blessed Virgin Mary- Part VII

“Woman, Behold Your Son”

This last article on the Blessed Virgin Mary will be  divided into two parts both of which will be an exposition on the interaction between Christ and     His Mother on Calvary. One of the fundamental flaws of contemporary Protestantism is a reduction of the Blessed Mother and her role in the process of salvation. She is seen by some Protestant denominations as nothing more than a temporary vessel, a sort of divine petri-dish used by God to self-cultivate his own humanity and   so enter the physical realm. Yet, the original Christian tradition (aka Catholicism) has always seen her significance in its entirety. As a matter of fact, the Annunciation and  Nativity of Christ is properly understood as the beginning of Mary’s mission. In truth, the fullness of Mary’s role in salvation history is revealed at the foot of the cross. At that moment, from the bloodied lips of our tortured Savior, we hear a stunning declaration addressed to Mary and St. John the Apostle: “Woman behold you son!” (Jn. 19:26). These are not simply the words of a temporary adoption or some form of ancient social security to make sure that Mary will be cared for in her old age. Christ is making an official decree as to the role of the Blessed Mother in Christianity. There are two points of interest in this passage. First, Mary is addressed before John. This is no coincidence. As with all things in the life of Christ, this too is by design. Mary is spoken to first because she is the primary recipient of the gift of Christ crucified. She is the prophesied “Daughter Zion” (Is. 62:11, Mic. 4:13, Zech. 9:9) who receives the gift of the crucified God indefectibly and definitively on behalf of Israel and indeed all of creation. She is the creature of God par excellence, uncorrupted and thus able to unconditionally and freely accept the sacrificial love of her Son. Her “yes” to Christ’s sacrifice is what makes our “yes” possible. For, if she had not been present at the Crucifixion to witness and accept the sacrifice of her Son, which is the ultimate gift of the Father to humanity, then no other human person could share in the fruit of its salvation. This sheds light on the second point of this passage. Mary is addressed as “Woman” (Γύναι). The Lord recognizes the Blessed Virgin at this moment as more than just His biological mother; she is woman, the woman above all other women. Just as God formed a creature out of the side of Adam in the Garden of Eden calling her “woman” (Gen. 2:22), so now, the New Adam looks down upon the creature who will be created out of His pierced side, the New Eve, calling her “woman” (Jn. 19:26). From her devotion is born Mater Ecclesia; Mother Church.

The Blessed Virgin Mary- Part VI

“Do Whatever He Tells You”

“Do whatever He tells you” (Jn. 2:5). These words spoken by our Blessed Mother at the Wedding Feast in Cana encapsulate the entire vocation of Mary. Every word and action of her life points towards her Son. Her heart is so entirely Christian (from the Greek word christianoi meaning “belonging to Christ”) that it can only lead us to Jesus. That being said, this interaction between Our Lady and Jesus depicted in the Gospel of John is rich in spiritual content. We have to remember that John’s Gospel is the oldest of the four Gospels being composed sometime around the year 90 AD. The Gospel of John, therefore,  represents a highly mature theological    reflection on the Person of Jesus Christ and His mission. It is for this reason that we find certain events and analogies from the life of Jesus only in John’s writings.  The apostle is not making up additional stories about Jesus, but rather, his community highlights particular aspects of the Lord’s ministry which more eminently capture the essence of Christ’s person and His identity as the “Word made flesh who dwelt among us” (Jn. 1:14). Thus, John’s Gospel represents the deeply mystical reflections of a matured Christian community on the mystery of the Incarnation. Included in this advanced paradigm are two interactions between Jesus and His Mother: The    Wedding Feast at Cana (Jn. 2:1-12) and the conversation on Golgotha (Jn. 19:26-27). We will reflect on the latter event in our final article, but the reader will recognize very quickly that these two interactions, one ushering in the ministry of Christ and the other consummating that same ministry, are intricately intertwined. Jesus’ first miracle is performed at a wedding. This is no small   detail. By drawing our attention to this important fact, John gives us the lens by which to interpret the entirety of Jesus’ mission. As we have mentioned before, Christ is the New Adam who has come to be-wed His people Israel. Yet, the New Adam needs a New Eve: this is the infrastructure of creation and salvation. By assuming the gender of a male in His becoming flesh, God places Himself in a posture which necessarily demands the    co-operation of another. Not just any other, but that other who is the man’s “helpmate” namely, Eve (Gen. 2:18). It is for this reason that Mary is present at this crucial moment in Christ’s life. Furthermore, her presence is not coincidental or accidental. Rather, she plays a  vital role in the prompting of Jesus’ miraculous action. Where the first Eve failed to call Adam to greatness, the New Eve succeeds by drawing out of New Adam a manifestation of His glory. This is the constant task of Our Lady: to be that guiding principle who opens the eyes of humanity to the glory of her Son. 

La Santísima Virgen María – 6° Parte

“Hagan Todo lo que Él les Diga”

“Hagan Todo lo que Él les Diga ” (Jn 2,5). Estas palabras pronunciadas por la Madre Santísima en la boda de Caná encapsula toda la vocación de María. Cada palabra y acción de su vida señala hacia su Hijo. Su corazón es tan enteramente cristiano (de la palabra griega christianoi que significa “pertenece a Cristo”) que sólo puede conducirnos a Jesús. Dicho esto, esta interacción entre Nuestra Señora y Jesús representada en el Evangelio de Juan es rica en contenido espiritual. Tenemos que recordar que el Evangelio de Juan es el más antiguo de los cuatro evangelios al componerse alrededor del año 90 d.C. El Evangelio de Juan, por lo tanto, representa una reflexión teológica altamente madura sobre la persona de Jesucristo y su misión. Es por esta razón que encontramos ciertos eventos y analogías de la vida de Jesús sólo en los escritos de Juan.  El apóstol no está inventando historias adicionales sobre Jesús, sino que su comunidad destaca aspectos particulares del ministerio del Señor que captan más eminentemente la esencia de la persona de Cristo y su identidad como el “Verbo hecho carne que habitó entre nosotros” (Jn 1,14). Así que, el Evangelio de Juan representa las reflexiones místicas profundas de una comunidad cristiana madura sobre el misterio de la Encarnación. En este paradigma avanzado se incluyen dos interacciones entre Jesús y su Madre: La fiesta de la boda de Caná (Jn 2,1-12) y la conversación en el Gólgota (Jn 19,26-27). Reflexionaremos sobre el segundo evento en nuestro artículo final, pero el lector reconocerá rápidamente que estas dos interacciones, una que marca el inicio del ministerio de Cristo y la otra que consuma ese mismo ministerio, están intrincadamente entrelazadas. El primer milagro de Jesús se realiza en una boda. Este no es un detalle menor. Al llamar nuestra atención a este hecho importante, Juan nos da la visión para interpretar la totalidad de la misión de Jesús. Como hemos mencionado antes, Cristo es el nuevo Adán que ha venido a unirse a su pueblo Israel. Sin embargo, el nuevo Adán necesita una nueva Eva: ésta es la infraestructura de la creación y la salvación. Al asumir el género de un varón al hacerse carne, Dios se coloca a sí mismo en una postura que por necesidad exige la cooperación de otro. No cualquier otro, sino el otro que es su “ayudante-compañera”, es decir, Eva (Gen 2,18). Por eso María está presente en este momento crucial de la vida de Cristo. Además, su presencia no es coincidente ni accidental. Más bien, ella desempeña un rol vital en la propulsión de la acción milagrosa de Jesús. Donde la primera Eva fracasó en llamar a Adán a la grandeza, la Nueva Eva tiene éxito al sacar a relucir del Nuevo Adán una manifestación de su gloria. Esta es el labor constante de la Virgen: ser ese principio guía que abre los ojos de la humanidad a la gloria de su Hijo. 

La Santísima Virgen María – 5° Parte

“Y ella dio a luz a su Hijo primogénito”

La encarnación de Dios en la persona de Jesucristo es la unión perfecta del cielo y la tierra. Lo divino es unido a lo humano convirtiéndose en una sinergia perfecta de voluntad y persona. Esta unión empieza en el vientre de la Santísima Virgen María, la Nueva Arca de la Alianza, cuando ella concibe al Hijo de Dios. Por nueve meses este gran tesoro permanece escondido en el cuerpo de Nuestra Señora, una alegría que sólo ella puede verdaderamente comprender. Ahora, en la ciudad de Belén, bajo la sombra de una cueva convertida en un pesebre improvisado, el niño que ella ha sostenido y protegido es entregado al mundo; la que fue creada da a luz a su Creador. El significado histórico y simbólico de este acontecimiento no puede ser subestimado, particularmente en referente a la relación entre Cristo y su Madre. Desde el principio la Iglesia ha reconocido la conexión entre los eventos del nacimiento y la muerte de Jesús; su infancia y su pasión van juntas. Dentro del madero del pesebre, vemos un preludio del madero de la cruz. La primera cosa que Jesús toca en su vida será la última cosa que Jesús toque en su vida: Madera. Del mismo modo, los artistas antiguos de la Iglesia representan deliberadamente al niño Jesús como ya preparado para el entierro, cubierto con una tela blanca de pies a cabeza, como se ve en la ilustración que acompaña este artículo. Aquí vemos un vínculo entre los “pañales” (Lc 2,7) con los que Jesús es envuelto el día de su nacimiento y la “sabana de lino” con lo que es envuelto el día de su muerte (Lc 23,53). Hay mucho más que se puede decir sobre las alusiones esparcidas a lo largo de la Narrativa de la Infancia que predice la Pasión. Pero estos dos ejemplos son suficientes para subrayar la prerrogativa de este artículo, es decir, “¿Quién fue la única persona presente en estos dos eventos decisivos en la historia de la salvación?” La Santísima Virgen María. En el nacimiento de Jesús, que debe ser interpretado a la luz de su muerte en la cruz, encontramos a María, la servidora fiel, arrodillada en silenciosa y tierna adoración. Mientras acuna y mira el rostro de su hijo, el único niño en la historia que nació para morir, el prestigio de su lugar en la historia de la salvación se revela claramente. De ella son los brazos con los que el anhelo de Dios de ser sostenido por la humanidad se satisface, así como de ella son los brazos que abrazarán el lisiado y torturado cuerpo de su amado Hijo de la Cruz después de que Él haya satisfecho el deseo de la humanidad de ser sostenido por Dios. Así, encontramos a la Virgen en la intersección de dos sed infinitas: Dios por la humanidad y la humanidad por Dios. Que ella siga siendo la gran centinela de esta sed que ha sido saciada por el fruto de su vientre, Jesucristo el Señor.       

The Blessed Virgin Mary- Part V

“And She gave Birth to Her First-Born Son”

The Incarnation of God in the person of Jesus Christ is the perfect union of heaven and earth. The divine is wedded to the human becoming a seamless synergy of will and person. This union begins in the womb of the Blessed Virgin Mary, the New Ark of the Covenant, when she conceives the Son of God. For nine months this great treasure remains hidden in the body of Our Lady, a joy that only she can truly understand. Now,  in the city of Bethlehem, under the shadow of a cave turned into a make-shift stable, the child she has  nourished and protected is given to the world; the creature gives birth to her Creator. The historical and symbolic significance  of this event cannot be underestimated particularly in regards to the relationship  between Christ and His Mother. From the beginning the Church has recognized the connection between the events of Jesus’ birth and death; His Infancy and Passion go hand-in-hand. Within the wood of the manger, we see a prelude to the wood of the Cross. The first thing Jesus touches in His life will be the last thing Jesus touches in His life: Wood. Likewise, the ancient artists of the Church deliberately depict the child Jesus as if prepared for burial, covered in a white cloth from head to toe as can be seen in the illustration accompanying this article. Here, we see a link between the “swaddling clothes” (Lk. 2:7) with which Jesus is wrapped on the day of His birth and the “linen clothes” with which he is wrapped on the day of His death (Lk. 23:53). There is much more that could be said about the allusions strewn throughout the Infancy Narrative predicting the Passion. But, these two examples are sufficient to highlight the prerogative of this article, namely, “Who was the only person present at both of these decisive events in salvation history?” The Blessed Virgin Mary. At the Birth of Jesus, which must be interpreted in light of His death on the Cross, we find Mary the faithful stewardess, kneeling in silent and tender adoration. As she cradles and gazes upon the face her Child, the only child in history who was born to die, her pride of place in the story salvation is clearly revealed. Hers are the arms by which God’s longing to be held by humanity is satisfied just as hers are the arms that will embrace the crippled tortured body of her beloved Son from the Cross after He has satisfied man’s desire to be held by God. Thus, we find Our Lady at the intersection of two infinite thirsts: God for humanity and humanity for God. May she continue to be the great sentinel of this thirst which has been quenched by the fruit of her womb, Jesus Christ the Lord.        

THE BLESSED VIRGIN MARY- PART IV

“All Generations Will Call Me Blessed”

Immediately following Elizabeth’s declaration of Mary’s blessedness among women, the Virgin bursts into a song of joy, praising God for His faithfulness and mercy. This hymn of praise is one of the most beautiful prayers in the history of Christianity. In fact, the words of Our Lady in Luke 1: 46-55 have become a fundamental   devotion in the piety of the Church being  repeated by millions of Christians throughout the centuries as a seamless summary of the soul’s sense of gratitude before the grandeur of God’s love. Mary begins by saying, “My soul proclaims the greatness of the Lord” (Lk. 1:46). The Greek word used for “proclaims” is megalunó, a verb coming from the prime root megas which literally means “to magnify (in the sense of a ‘magnifying glass’), extol or enlarge.” Thus, within the first line of this canticle we see revealed an essential characteristic of the Blessed Virgin Mary: hers is the heart that “magnifies”, brings into complete focus, humanity’s response to the salvation God desires to share with the world in the person of Jesus Christ. After all, was it not from her lips that the human race said “Yes” to God’s will? The whole world awaited Mary’s reply in Nazareth; all of creation held its breath longing for the Virgin’s acceptance of her destiny. St. Bonaventure captures this sentiment well in a sermon he wrote to Our Lady:  “The price of our salvation is offered to you. We shall be set free at once if you consent. Tearful Adam with his sorrowing family begs this of you, O loving Virgin…for on your word depends salvation for all the sons of Adam, the whole of your race.” Mary knows what the acceptance of God’s will means for her: “From this day forward all generations will call me blessed” (Lk. 1:48). She does not say these words out of pride, but rather from a place of humiliation and astonishment. “For   He [God] has looked upon His handmaid in her lowliness…the mighty One has done great things for me and holy is His name!” (Lk. 1:48-49). She truthfully recognizes the level of dignity to which God has raised her. Her desire is simply to love Him and see Him adored. Yet, for a reason beyond her understanding, He has chosen to exalt her alongside her Son. He has chosen her to be the personal embodiment of “Daughter Zion”  (Zep. 3:14) and now, through her trusting confidence in His will, He will help “Israel His servant according to His promise to Abraham” (Lk. 1:55). How could anyone possibly question the honor given to the Blessed Virgin Mary by God Himself? How could we call ourselves Christians if we are disobedient in God’s love for this woman whom all generations call blessed?

La Santísima Virgen María – 4° Parte

“Todas las generaciones me llamarán feliz”

Inmediatamente después de que Isabel declarara la bienaventuranza de María entre todas las mujeres, la Virgen estalla en un canto de alegría, alabando a Dios por su fidelidad y misericordia. Este cantico de alabanza es una de las oraciones más bellas en la historia del cristianismo. De hecho, las palabras de Nuestra Señora en Lucas 1, 46-55 se han convertido en una devoción fundamental en la piedad de la Iglesia, que millones de cristianos han repetido a lo largo de los siglos como un resumen perfecto del sentido de gratitud del alma ante la grandeza del amor de Dios. María empieza diciendo: “Mi alma proclama la grandeza del Señor” (Lc 1,46). La palabra griega utilizada para “proclamar” es megalunó, un verbo que proviene de la palabra raíz megas, cuyo significado literal es “magnificar (como en una ‘lupa’), ensalzar o agrandar”. Así, en la primera línea de este cántico vemos revelada una característica esencial de la Santísima Virgen María: de ella es el corazón que “magnifica”, pone en pleno enfoque, la respuesta de la humanidad a la salvación que Dios desea compartir con el mundo en la persona de Jesucristo. De hecho, ¿no fue de sus labios que la raza humana dijo “Sí” a la voluntad de Dios? El mundo entero esperaba la respuesta de María en Nazaret; toda la creación contuvo su respirar anhelando que la Virgen aceptara su destino. San Buenaventura capta bien este sentimiento en un sermón que escribió a Nuestra Señora: “El precio de nuestra salvación se te ofrece a ti. Seremos liberados de inmediato si das tu consentimiento. Adán, lleno de lágrimas, con su familia afligida, te lo suplica, oh amantísima Virgen….porque de tu palabra depende la salvación de todos los hijos de Adán, de toda tu raza”. María sabe que significa para ella la aceptación de la voluntad de Dios: “En adelante todas las generaciones me llamarán feliz” (Lc. 1,48). No dice estas palabras por orgullo, sino desde una disposición de humillación y sorpresa. “Porque Él miró con bondad la pequeñez de tu servidora….El Todopoderoso ha hecho en mi grandes cosas y ¡santo es su Nombre!” (Lc 1,48-49). Ella reconoce verdaderamente el nivel de dignidad al que Dios la ha elevado. Su deseo es simplemente amarlo y verlo adorado. Sin embargo, por una razón más allá de su entendimiento, Él ha escogido exaltarla junto a su Hijo. Él la ha escogido para que sea la personificación de “la Hija de Sión” (Sof. 3,14) y ahora, a través de su confianza en Su voluntad, ayudará a “Israel, Su siervo, según Su promesa a Abraham” (Lc. 1,55). ¿Cómo es posible que alguien pueda cuestionar el honor dado a la Santísima Virgen María por el mismo Dios? ¿Cómo podríamos llamarnos cristianos si somos desobedientes en el amor de Dios por esta mujer a la que todas las generaciones llaman feliz?